NUESTRA
GUARDERÍA FORESTAL
Por Ricardo Muro Martínez,
Doctor Ingeniero de Montes
Datos
históricos.– Tras
las tremendas invasiones de diversos pueblos hasta la Reconquista,
con el destrozo arbóreo para las necesidades de
los ejércitos y en sus encuentros bélicos;
la demanda maderera para naves tras la conquista de América;
las armadas de Lepanto e Invencible, y los pueblos aprovechándose
de sus montes públicos incontrolados, más
los daños producidos a las jóvenes plantas
por los anárquicos ganados, nuestros continuos bosques
debieron de haber desaparecido en gran cuantía unos,
y otros mermados de forma alarmante. Es comprensible que
los gobernantes y los reyes tuviesen preocupación
en aumento por evitar el remate de la riqueza forestal.
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Tomo unos breves
datos del trabajo de mi gran compañero Guillermo
Muñoz Goyanes, publicado en el número
189 de la Revista “Montes.”
Carlos II, último
rey español de la Casa de los Austrias,
público a fines de¡ siglo XVII una
Real Ordenanza disponiendo la vigilancia de las
masas arbóreas por todas las Autoridades
de la Monarquía que corresponda.
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Fernando VI, segundo
monarca de la Casa de los Borbón,
público una Real Orden a mediados de] siglo XVIII
para el “aumento y conservación de montes
y plantíos.” Ya se habla en ella de los “guardas
de campo y monte”, con ese título o el de “Celadores”,
ordenándoles que “aprehendan y denuncien a
los taladores, causantes de incendios e introductores de
ganado; procurando que, dichos Guardas, sean hombres de
buena opinión, fama y costumbres.”
Publica un Decreto,
días después, en que
dice... “ya que no parece suficiente nombrar personas
con generales y vulgares conocimientos de árboles,
tierras y propiedades de éstas, sino que sería
muy acertado que todas dichas personas actúen hacia
el mismo fin, usando un superior saber, ganado con el estudio,
que les permita hacer o mandar hacer lo más conveniente,
y en cuanto a los guardas de campo y monte... es preciso
actúen conjuntamente con aquellas personas de más
sabiduría... poniendo en su cometido la reciedumbre
de sus cuerpos, la aversión al soborno o la malicia
y el largo conocimiento de los montes que tutelan así como
de las costumbres de los más rebeldes delincuentes.” Ha
profetizado los Cuerpos Técnicos Forestales y el
lema de los Ingenieros Superiores. Y más aún,
muere en el castillo de Villaviciosa de Odón, donde
un siglo después de las Reales Ordenanzas dichas
se inauguró la Escuela Especial de Ingenieros
de Montes.
Carlos III se distinguió por la defensa de todos
los recursos naturales. En el segundo tercio del siglo
XVIII sancionó una Real Orden creando la Compañía
de Fusileros Guarda Bosques Reales.
Carlos IV también se ocupó de las cuestiones
forestales, y finalizando el siglo XVIII promovió un
premio sobre el tema: “¿Cuáles son
los obstáculos que impiden y atrasan en la actualidad
la prosperidad de los montes y plantíos de España?” Y
el ganador del concurso llegó a la siguiente conclusión: “Urgente
necesidad del establecimiento de una vigilancia, tutelada
por el Estado, con especial atención a los incendios
y entradas del ganado a las repoblaciones jóvenes.”
La Reina Regente, doña Maria Cristina de Borbón,
durante la minoría de edad de su hija Isabel II,
firmó un Decreto, aprobando unas Ordenanzas de Montes,
conocidas como de Javier de Burgos, donde se encarga a
una Dirección General de Montes de su cumplimiento.
Dos años después otro Decreto crea el Cuerpo
de Ingenieros Civiles, con cuatro especialidades: Caminos,
Canales y Puertos; Minas; Geógrafos, y Bosques,
Hacia mediados de siglo
XIX, siendo reina Isabel II, se crea la Guardia Civil,
cuya actuación afortunada
se hace patente durante muchos años en la vigilancia
de la riqueza forestal española, y aún hoy
su ayuda es valiosa en todo ello y en la extinción
de incendios, etcétera. En realidad, a principios
de 1866 ejercían acción vigilante en los
montes: la Guardería Rural; los Guardas Mayores;
los Guardas de Montes del Estado, y la Guardia Civil.
Alfonso XII deja sólo como vigilancia de los montes
a la Guardia Civil, diez años después, cesando
todas las demás guarderías (1876).
Al año siguiente, por la “Ley de Repoblaciones
Forestales””, se crean los Capataces de Cultivo
en los Distritos Forestales; ya, aunque con otro nombre,
los precursores de la Guardería Forestal. Y dos
años después se les autoriza a denunciar
los daños que se causen a los bosques y se crean
los Vigilantes temporales de Incendios.
En 1907 se hace especialmente
preciso un Cuerpo que se ocupe de los montes en su vigilancia
y otras misiones incompatibles
con el carácter de la Guardia Civil, se crea, sustituyendo
al anterior, el Cuerpo de la Guardería Forestal,
con el nombre que hoy tiene.
Dice el texto,
entre otras muchas cosas: “El personal
que se elija... ha de vivir apartado de todo lo que signifique
influencia o favor y convencido de que sólo puede
fiar la seguridad de su destino y la recompensa de los
ascensos al cumplimiento estricto de sus deberes.”
Dificultad de
la vida del guarda y su familia en los pueblos.
Ya hemos visto
que desde siglos se viene intentando por los gobernantes
impedir los taladores, los
fuegos en
los bosques, la suelta de ganados, etcétera, señal
ineludible del tremendo abuso continuo que se cometía
por doquier contra las masas arbóreas. Eran costumbres
seculares muy difíciles de desarraigar: el ganado
suelto impidiendo el desarrollo de la regeneración
natural y de las repoblaciones artificiales; el trasmocho
de frondosas para ramón de los ganados; la tala
de latizales para elegir piezas para arados, ruedas de
carro, etcétera, la tala de fustales para vigas,
arreglo de ventanas o puertas, muebles, etcétera.
El Guarda Forestal era un intruso, un ser odiado que
impedía
la libertad -así también se llama el libertinaje-
de los vecinos en los montes públicos de sus Ayuntamientos,
y denunciaba con castigo seguido al hecho. Eran mirados
con recelo y pocos intentaban ser amigos suyos. Por otro
lado, tampoco podían, ni él ni los suyos,
intimar con nadie por si después esos íntimos
violaban la ley.
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Ningún
pueblo quiso tener el Guarda en él
a comienzos de la creación del Cuerpo.
Luego, haciendo caso al refrán de “al
enemigo, en casa se le vigila mejor”,
opusieron menor resistencia.
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No fueron comprendidos.
Por eso en la encrucijada de dos caminos forestales,
en una de las Merindades de Castilla,
levanté un obelisco con los escudos de España
y de Montes y esta inscripción: “A los primeros
forestales españoles que lucharon contra la incomprensión
popular.”
Dura vida en
el centro de los bosques.
Muy pronto se
vio que en determinados grandes montes o masas boscosas,
la guardería en los pueblos quedaba
lejos del corazón de los mismos y por eso se hacia
difícil la vigilancia en las partes centrales y
opuestas a sus domicilios. Se construyeron casas forestales
aisladas en medio de esas masas arbóreas para residencia
de los guardas y sus familias. Solían ser casucas
para dos familias, una junto a otra en sentido vertical.
A veces con alguna habitación para los facultativos.
Se añadía alguna dependencia para gallinero,
porqueriza y cuadra, todo junto. Sin luz eléctrica,
que no había, como no existían teléfonos
ni radios. Los sitios donde se ubicaban solían ser
una llanada o praderío, resguardada de los peores
vientos, soleada, y muy próxima a un buen manantial.
La comunicación con los pueblos lejanos era alguna
senda de carro, Durante el día, y a veces de noche,
las familias quedaban solas con algún perro que,
al ladrar, pudiera avisar la presencia de intrusos o viajeros.
En caso de emergencia las mujeres tocaban alguna bocina
-de las que usaban reglamentariarnente los Guardas- o disparaban
alguna escopeta. Vibraciones sonoras que si los Guardas
estaban lejos o en algún vallejo encajado no las
oían. Es ocioso decir que la cuestión escolar
era nula y para enfermedades, accidentes o partos aviesos
se utilizaba el traslado en una caballería, generalmente
un asno, y, ya con cierto lujo, algún carro pequeño.
Las dos familias
reunidas defensivamente, en ocasiones tenían efectos ofensivos. Las humanas virtudes y
los humanos defectos giraban allí como las imágenes
de un caleidoscopio y había roces que daban, muchas
veces, lugar a traslados. Es lógico entre hombres,
e insisto, entre mujeres.
En cuanto a la
adquisición de víveres y utensilios,
en algún día bueno se trasladaba un Guarda
al pueblo de mejor mercado con una caballería y
volvía con la bestia cargada de la brida, tras
larga caminata, y, en el mejor de los casos, alumbrado
por las
estrellas.
Peligroso y desagradable
cometido.
Comenzó la lucha contra los pastores por introducir
ganado en sitios prohibidos o en los que sus rebaños
no tenían derecho a pastar. Con los ganaderos que
dejaban sueltos sus ganados pareciéndoles pequeñas
para ellos todas las extensiones. Y es curioso que si en
los montes públicos llegara a ser todo su suelo
de pastos, como querían y como quieren, suponiendo
que no existiera la erosión, el más rico
ganadero será el que más se aproveche del
monte, y nada en absoluto, en ese aspecto, el que no tiene
ganados, que suele ser el más pobre. Pues bien,
ante esta gran injusticia nunca hubo oposición
popular ni detractores.
Continuaba la vigilancia contra
los leñeros no
autorizados o dañadores; los que trasladaban mojones,
especialmente si había manantial por medio, y los
seculares matuteros en sus dos categorías: los que
subían al monte de vez en vez, generalmente vecinos
del Ayuntamiento propietario del predio, y los que hacían
del matute una profesión o parte de ella. Los primeros
cortaban árboles casi siempre latizos, para piezas
de sus arados o de las ruedas de sus carros. Los arrastraban
con una caballería, rara vez dos. Los segundos portaban
carretas con las ruedas bien engrasadas, en marchas nocturnas,
la mayor parte de las veces, acarreando todo lo que podía
admitir su transporte.
Al principio,
y al objeto de realizar estas vigilancias, la guardería
se daba verdaderas palizas caminando, queriendo estar
en todas partes. Después aprendió a
esperar en las salidas naturales de las diversas zonas
boscosas o en los meandros y pequeños embalses donde
paraban los maderos, en aquellas provincias en que se hacia
su transporte por los ríos, conducidos por los arriesgados
equilibristas “gancheros.” Esta segunda forma
de vigilar tuvo más éxito con mucho menos
esfuerzo.
Cuando la Guardería se encontraba con hechos consumados,
especialmente en el caso del pequeño matute, ejercían
maravillosamente el “traking” o seguimiento
de huellas, que habían practicado desde pequeños,
buscando ganado propio o por otras razones. Fácil
en los días muy lluviosos, llega a ser difícil
en los secos. Claro, que los matuteros no tenían
un pelo de tontos y elegían los días propicios,
aunque, de pronto, podía cambiar el tiempo.
El conjunto de
pueblos que además de sus montes
tuviesen algún comunero, es en éste donde
se hacían las fechorías por los vecinos
de la comunidad.
Y al relataros
estas cosas no me embarqué en la
carabela de mi fantasía, sino que os cuento
muchos sucesos en los que fui espectador, o conocedor
directo.
Sangre. -Esta
vigilancia continua, esta evitación
de muchos daños y denuncias con el castigo consecuente,
sabiendo los dañadores que había autoridad
vigilante que no se andaba con bromas, costó a la
Guardería odios, venganzas, anónimos, heridas
serias y muertes. Un momento peligroso para ella, si estaba
cerca del infractor, era el instante de la denuncia, pues
para escribirla tenia que colgar su arma o apoyarla. Entonces
con arma blanca o la misma hacha se perpetraba la agresión.
La matutería quedó prácticamente acabada
a finales de los años cincuenta. En el año
1941 desapareció un Guarda en Valsaín y tras
dos días de búsqueda apareció su cadáver
con la cabeza hendida por golpe de hacha, junto a un
pino cortado y su arma apoyada en un tronco inmediato.
Pero si la matutería
puede considerarse como un pasado, los incendios
forestales han ido en aumento. Al principio sus causas
eran accidentales y por excepción intencionales.
Pero si se continúa en la marcha ascendente
será totalmente al contrario. Su extinción
ha costado quemaduras, heridas y muertes a la Guardería
desde su comienzo.
Es significativo
que los forestales que actúan en
la extinción de los incendios, cuando éstos
se prolongan no quieren ser reemplazados. El guarda o guardas
del cuartel han de pasar muchas horas y más de una
noche para que puedan irse a descansar. Y cuando tras el
siniestro los daños son cuantiosos, se ve a
esos guardas angustiados, dolidos y furiosos.
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Otros
varios hechos contra la ley, de ganaderos
y pastores, pescadores fraudulentos, cazadores
ilegales (éstos son los más
peligrosos al portar armas) y productores
de vertidos contaminantes en los ríos,
han causado disgustos, amenazas, falsas denuncias
y heridas a los guardas forestales.
En 1962
en la provincia de Burgos y cerca de la “Virgen
encumbrada de Orduña”, al estar
echando a un grupo de pastores con sus ganados,
el guarda del cuartel recibió una
pedrada en la frente que le derribó sin
sentido.
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En
el Valle de Mena, los años 66 y 68, dos guardas
fueron apaleados, en cada uno de estos años, por
pescadores fraudulentos. Y en el 74 (en Vizcaya) un guarda
forestal al oír tiros por la noche cerca de la casa
forestal, salió sorprendiendo a unos cazadores furtivos
de liebres, que aprovechando la noche de luna cazaban allí.
Le propinaron una gran paliza estando hospitalizado más
de quince días y si no es por el ingeniero de la
Brigada que, por sus trabajos, dormía en la casa
y salió con un atizador de la chimenea en la mano,
no sé lo que pudo haber ocurrido. Esto pone
de manifiesto la peligrosidad que encierra el cumplimiento
de su deber.
Conocimiento
de “sus montes.” -La Guardería
conoce perfectamente sus montes; no hay lugar internado
ni cumbre saliente; vallejo hundido o explanada iluminada
como panza de lagarto al sol; vereda pina ni arroyuelo
plateado; badén del río o paso entre cortadas
rocas; manantial tentador o junqueral donde los pies se
hunden en días húmedos; chozo para refugio
o cueva en oquedades pétreas; laderones interminables
o collados filtrantes de vientos, que no sepan con
la exactitud de un plano, con su toponimia, y desde
cualquier
sitio
precisan el tiempo necesario para llegar a otro lugar
cualquiera por el que se les pregunta.
A nuestros guardas les quemaron
todos los soles, les calaron todas las lluvias y granizos,
les convirtieron en albarizas
todas las nieves y les curtieron todos los vientos; la
rosa entera de los vientos con sus diversos significados
locales a lo largo y a lo ancho de nuestra patria. Les
percutió el viento del Este, Euro o Solano, con
la alegría de traerle el sol; les azotó el
del Oeste, Poniente o Céfiro, con la nostalgia del
ocaso, les quemó el rostro y las manos el viento
del Sur o Austro. Y el del Norte, Aquilón o Cierzo,
junto con el Noroeste, Brisa o Mistral, les lanzaron heladas
ráfagas que pasaron sobre sus cabezas, pero nunca
sobre sus corazones. Y en cada caso, en cada sitio, en
cada instante, saben dónde tienen que dirigirse
con rapidez para resguardarse, si es preciso.
Y cuando, solicitado
el permiso de traslado se les ha concedido, al saberlo,
les he oído balbucir más de una
vez, echando un vistazo a los parajes inmediatos, “mis
montes...”, mientras yo pensaba “mi guarda....”
Hubo siempre
una gran compenetración entre los
diversos Cuerpos de la Administración
Forestal. Recuerdo que operaron a un guarda
de mi sección antigua, en Burgos.
Retrasé mi salida al campo y al salir
del quirófano el operario estuvimos
sus familiares y yo esperando un rato que
pasara la acción del cloroformo. Al
fin le hablaron varias veces y balbuceaba
palabras no muy coherentes. Me decidí con
frases optimistas sobre su operación
inmediata y le dije que si sabía quien
era.
Abrió los ojos y me dijo: “Si, mi jefe”, y me tendió las
manos, que yo recibí con emoción que no supe disimular.
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Identificación con sus montes. “Sentir” sus
montes; su entrega
Para mí lo más notable de estos hombres no
es sólo su misión y su conocimiento del cuartel,
verdadera palestra, sino su identificación con los
montes, su sentir los montes profundamente. Sentir es entusiasmarse,
querer. Y el que se entusiasma en su profesión da
todo lo que es y se entrega. Y esto, en nuestro caso, no
es un hecho sólo material, sino refinamiento del
espíritu, sin darse cuenta ni suponerlo, al estar
rodeados de tanta y tan extraordinaria belleza, ora pacífica,
ora revuelta, de árboles y arbustos, de contrastes
de color, de silencios, de ambientes purísimos en
el aire y en las aguas. Aquella visión del bosque,
como la de una orquesta sinfónica en orden de batalla
sonora. Arriba, los agudos picachos; abajo, los graves
valles y vallejos. La cuerda de sus divisorias, la madera
de sus pies arbóreos y el metal de la percusión
de los vientos, como trompetazos de contraste. ¡Toda
una sinfonía de color! En la mayoría de las
provincias hispanas el terreno es muy movido topográficamente
y hay un acompañamiento monótono habitual
en las largas marchas; valles, divisorias, valles, divisorias;
bajar, subir, bajar, subir... De vez en vez, una llanada
o valle amplio nos deleita. Desde él se observan
mejor las elevadas cresterías rocosas como caireles
de la erosión, sus escarpes, los grandes pináculos,
como gigantescos molares, relojes de los siglos, esqueletos
del mundo, que se interponen entre suelos y cielo. Amenazadores
terribles, firmes ante el embate de los vientos, como cíclopes
avizorantes desde sus atalayas... Aquellos vallejos estrechos,
encajados, boscosos, olvidados de su paz, invitadores de
descanso y de meditación. Aquellas cascadas luminosas
producidas por el sol entre la enramada, como lluvias de
luz filtradas por la hojarasca, que bÿÿan los protegidos
suelos; de aquella delicia de viento fresco o gris entre
la fronda, durante el estío caluroso. Aquella brisa
primaveral, que balancea las hojas nuevas de los árboles
para que presuman de sus nacientes colores y hacen descansar
nuestros ojos en tina gama de verdes relajantes. De aquel
movimiento brusco de ramas y ramillas con vuelos de ligeros
elementos sueltos empujados por el viento. Y entre rama
y rama, móviles ¡trozos de cielo! Aquel centelleo
de miles de gotitas de agua convertidas en brillantes por
el fuego solar, tras un rocío madrugador, que desaparecen
si el sol se oculta. De aquellas capas albas en los inviernos,
cuando los árboles no pueden soportar más
peso de nieve helada, tan majestuosos que si les incide
la fuerte luz nos ciegan sus resplandores. Aquel envolvente
de niebla espesa que todo lo oculta y hay que avanzar poco
a poco para descubrir pequeños sitios admirables,
haciéndonos vivir la fantasía de que estamos
atravesando un maravilloso palacio oriental deshabitado
y hemos de ir descorriendo cortina tras cortina para admirar
la belleza de sus estancias. Desde los altozanos, oteros
o cumbres, se lanza la pupila por encima de las cimeras
guías arbóreas, sobre los hondos valles de
allá abajo. ¡Parece increíble hasta
dónde llega la vista!, incidiendo en los verdes
esmeralda de los prados, la gama de colores calientes de
los poblados, el oro o verde claro de los cereales y, a
un lado, otras laderas boscosas, más gama verdeocre
de sus pies arbóreos que son los candelabros de
aquel inmenso altar cubierto por la bóveda que
forma el firmamento.
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